miércoles, 2 de mayo de 2012

Wallpaper de la semana

Agradecimiento: A Giovanna, por las fotografías enviadas a mi persona, y por colaborar con esta sección del blog.

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lunes, 5 de diciembre de 2011

Las cuentas de la vida…


Un hombre entró a un cementerio con el objeto de saludar a un ser querido que estaba allí sepultado.   De repente se extravió por un sendero y entró, sin darse cuenta, a un pabellón donde observó algunas lápidas con inscripciones fuera de lo común. Una de ellas decía:

“Aquí yace Alphonse Duval, quien vivió meses, cuatro días y nueve horas”.

En otra encontró esta leyenda:

“Jamie Bruckwell, quien vivió siete años, dos meses y veinte horas”.

Unos pasos más allá, otra placa rezaba:

“En honor de Marthina Bhernalosky, quien vivió doce años, setenta y dos días y quince horas”.

La cantidad de inscripciones de esta clase le hizo suponer que estaba en un cementerio de niños. En ese momento vio venir a uno de los encargados del lugar y le preguntó:

— ¿Por qué anotan el tiempo que estos niños vivieron?
¿Por qué tantos niños muertos?
¿Acaso hay una maldición en este pueblo?

El cuidador respondió:

—En este pueblo tenemos la costumbre de entregarle una libreta a cada joven que llega a la adolescencia.   En una de sus páginas debe anotar los momentos más célebres de su vida; en la otra, el tiempo que duró ese disfrute.   Desde entonces, el chico registra los momentos en que goza inmensamente, y el tiempo que duró ese gozo.   Casi todos describen las mociones que les produjo su primer beso, los minutos que duró y la pasión que sintieron.

Registran una voz amable, un consejo recibido, y el tiempo que duraron los sentimientos a ellos asociados.   El día del matrimonio, el nacimiento del primer hijo, el viaje más deseado, el encuentro repentino con alguien querido, todos son acontecimientos que se anotan en esa libreta, por lo que representan en nuestras vidas.

Este es el verdadero tiempo vivido, porque existimos para ser felices, gozar de la naturaleza, ayudar y estar en paz.

Lo demás no es vida…



:D


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sábado, 3 de diciembre de 2011

El mensaje del anillo…

El rey dijo a los sabios de la corte:

—He encargado un precioso anillo. Tengo un excelente diamante, y quiero guardar dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude también a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa bajo la piedra.

Sus oyentes eran sabios, grandes eruditos, y podrían haber escrito extensos tratados; pero componer un mensaje de pocas palabras que le pudiera ayudar al rey en un momento de desesperación era todo un desafío. Pensaron, buscaron en sus libros, pero no pudieron encontrar nada.

El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey había muerto joven y este sirviente había cuidado de él, por lo que se lo trataba como a un miembro de la familia. El monarca sentía un inmenso respeto por el anciano, y lo consultó.

Este le dijo:

—No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco un mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión conocí a un místico. Era invitado de tu padre, y yo estuve a su servicio. Guarido se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje —el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo pasó al rey—. Pero no lo leas, mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no le encuentres salida a una situación.

Ese momento no tardó en llegar. El territorio fue invadido y el rey perdió el trono. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus adversarios lo perseguían. De pronto llegó a un lugar donde el camino se acababa y no había salida: se encontraba frente a un precipicio. Ya podía escuchar el trote de los caballos enemigos.

De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y encontró el pequeño mensaje: “Esto también pasará”. Mientras lo leía, sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que lo perseguían debían haberse perdido en el bosque, o quizá habían equivocado el camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de las bestias.

El rey se sintió profundamente agradecido con el sirviente y con el místico desconocido, pues aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a guardarlo en el anillo, reunió sus ejércitos y reconquistó el reino. El día que entraba victorioso a la capital, hubo una gran celebración con música y bailes.

El anciano, que iba a su lado en el carro, le dijo:

—Señor, lee nuevamente el mensaje del anillo.

— ¿Qué quieres decir? —preguntó el rey—.

Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi regreso. No me hallo desesperado, en una situación sin salida.

—Este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas, también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado, también es para cuando has triunfado. No es sólo para cuando eres el último, también para cuando eres el primero.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”. En medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, sintió la misma paz y el mismo silencio del bosque; el orgullo había desaparecido. Entonces terminó de comprender el mensaje.

—Recuerda que todo pasa —le dijo el anciano.

Ninguna situación ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza, porque son la esencia misma de las cosas.


:D
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jueves, 1 de diciembre de 2011

El peso del rencor…


El tema del día era el resentimiento, y el maestro nos había pedido que lleváramos papas y una bolsa de plástico.   Debíamos tomar una papa por cada persona a la que guardáramos resentimiento, escribir su nombre en la papa y guardarla en la bolsa.   Algunas bolsas eran realmente pesadas.   El ejercicio consistía en llevar la bolsa con nosotros durante una semana. Naturalmente, la condición de las papas se iba deteriorando con el tiempo.

La incomodidad de acarrear esa bolsa en todo momento me mostró claramente el peso espiritual que cargaba a diario y me señaló que, mientras ponía mi atención en ella para no olvidarla en ningún lado, desatendía cosas más importantes.  Descubrí entonces que todos tenemos papas pudriéndose en nuestra “mochila” sentimental.

Este ejercicio fue una gran metáfora del precio que pagaba a diario por mantener el resentimiento derivado de cosas pasadas, que no pueden cambiarse.    Me di cuenta de que cuando dejaba de lado los temas incompletos o las promesas no cumplidas, me llenaba de resentimiento.   Mi nivel de estrés aumentaba, no dormía bien y mi atención se dispersaba. Perdonar y “dejar ir” me llenó de paz, alimentando mi espíritu.

La falta de perdón es como un tóxico que tomamos a gotas cada día, hasta que finalmente termina por envenenarnos. Muchas veces pensamos que el perdón es un regalo para el otro, y no nos damos cuenta de que los únicos beneficiados somos nosotros mismos.

El perdón es una declaración que puedes y debes renovar a diario.   Muchas veces la persona más importante a la que tienes que perdonar es a ti mismo, por todas las cosas que no fueron de la manera como pensabas.   La declaración de magnanimidad es la clave para liberarte.

¿Con qué personas estás resentido?
¿A quiénes no te es posible perdonar?
¿Eres infalible, y por eso no puedes perdonar los errores ajenos?

Perdona, y así serás perdonado.    
Recuerda que con la vara que mides serás medido.




Aliviar nuestra carga nos da mayor libertad para movernos hacia nuestros objetivos.

:D



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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Dar para recibir…


Había un árabe llamado Beremis Samir, que podía hacer cualquier cosa con los números.   Un día iba de viaje y halló, a mitad del camino, a tres hombres que discutían acaloradamente frente a un lote de camellos.   Beremis se detuvo y les preguntó el motivo de la controversia, y uno de ellos le respondió:

—Somos hermanos y recibimos estos treinta y cinco camellos como herencia de nuestro padre que acaba de fallecer.   Yo, porque soy el mayor, debo quedarme, conforme a la voluntad del finado, con la mitad de los animales.   Este, que es el segundo, debe recibir la tercera parte.     Y aquel, el menor, la novena parte.

Entonces otro de los hermanos dijo:
— ¡Pero es imposible hallar la mitad exacta, y más aún la tercera y la novena partes de treinta y cinco!

Beremis Samir pensó un instante y luego, desmontando de su propio camello, lo agregó al lote de los que habían heredado los hermanos.   Ellos se quedaron sorprendidos por la generosa actitud del viajero, pero aguardaron en silencio a que se explicara. Y así lo hizo, en efecto:

—Agregando mi camello a los de ustedes, hay treinta y seis. De modo que toma la mitad que te corresponde —y separó dieciocho camellos para el mayor de los hermanos.

Volviéndose al segundo, prosiguió:

—Te corresponde la tercera parte.   Habiendo treinta y cinco camellos, no era posible que la recibieras, pues la tercera parte de treinta y cinco es once y pico, y los camellos no tienen pico.   Pero ahora, con el camello que agregué, son treinta y seis.   Ten: ahí van tus doce camellos, la tercera parte de treinta y seis.

Quedaba el hermano menor.
—A ti, según el testamento de tu padre, te corresponde la novena parte del lote.   La no vena parte de treinta y seis es cuatro: toma tus cuatro camellos.

Entonces, Beremis Samir hizo cuentas:

—Tú has recibido dieciocho camellos, tú doce y tú cuatro, más de lo que les correspondía, por ser la herencia de treinta y cinco camellos.   Ahora sumemos: dieciocho más doce, treinta. Más cuatro, treinta y cuatro.   Quiere decir que de los treinta y seis camellos, sobran dos.

Uno es el que yo puse.   Y el otro, el que me corresponde por haberlos ayudado a obtener lo que les correspondía.   —y dejando a todos los hermanos contentos, se fue con los dos camellos.




La moraleja que se descubre en este cuento es que todo cuanto damos a otros se entrega a título provisional, porque siempre la vida nos lo devuelve con creces.   Si los egoístas supieran las ventajas que reporta la generosidad, serían generosos por puro egoísmo.

:D


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