A la noche siguiente el Señor se apareció a Pablo, y le dijo: « ¡Animo! Así como has dado testimonio de mí en Jerusalén, es necesario que los des también en Roma » (Hechos 23:11).
¿Cómo podía llegar Pablo a Roma y ser escuchado en las más altas esferas del imperio? ¿Te atreverías a elaborar una estrategia? Tal vez te puedas imaginar muchas, menos la que Dios aprovechó. Pablo había realizado ya tres viajes misioneros.
I. El primero, por la isla de Chipre y las regiones más orientales de los que se llamaba Asia Menor y hoy conocemos como Turquía (ver Hechos 13-14).
II. El Segundo, comenzó en Asia Menor, y hubiera continuado por allí a no ser por la intervención directa del Espíritu Santo que llevó a Pablo y sus compañeros a Europa a través de Macedonia. En este segundo viaje misionero llegaron hasta Atenas, la capital de la sabiduría, el arte y la ciencia, en aquella época (ver Hechos 15: 40-18: 22).
III. El tercero de los viajes misioneros fue un recorrido para confirmar a la Iglesia de los lugares visitados en los primeros dos viajes (ver Hechos 18:23; 21:17). Estas jornadas terminan con una frase que corona sus grandes esfuerzos: « Cuando lleguemos a Jerusalén, los creyentes nos recibieron calurosamente » (Hechos 21:17).
Pablo escribió desde Corinto en su tercer viaje misionero (en Grecia), su Carta a los creyentes de la iglesia de Roma. En esta epístola expresa sus deseos de ir, no solamente a Roma, sino de llegar hasta España (Romanos 15:22-24), en el extremo occidental del mundo entonces conocido. « Pero ahora, voy a Jerusalén » (Hechos 15:25), escribió.
El libro de los Hechos dice que allí, en Jerusalén, fue apresado por una multitud enardecida cuando enseñaba en el propio templo. Así comienza un nuevo episodio que posteriormente lo llevaría a Roma, pero como prisionero. No era la forma como Pablo lo hubiera planeado, pero era la forma en que Dios lo iba a conducir, lo cual, a fin de cuentas es lo que vale.
« Los que tienen exacta noción de la magnitud de la salvación y de su costo, jamás murmurarán […] porque el conflicto y la abnegación sean la suerte del cristiano en esta vida »
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