lunes, 25 de octubre de 2010

Huir y Pelear

Pelea la buena batalla de la fe; has tuya la vida eterna, a la que fuiste llamado y por la cual hiciste aquella admirable declaración de la fe delante de muchos testigos (1 Timoteo 6:12)

¡Al fin una pelea autorizada!... A muchos jóvenes les encantan las peleas, ¡Así que aquí hay una buena oportunidad! Pero en el versículo anterior el apóstol Pablo amonesta a Timoteo a huir (vers. 11), y en el siguiente a pelear. Entonces… ¿qué? ¿Huimos? ¿Peleamos? Vamos a ver. ¿Huir de qué? De querer enredarse en discusiones y contiendas (vers. 4,5); del uso de medios ilícitos para enriquecerse (vers. 9); de la codicia y del amor al dinero (vers. 10). Eso significa que no deberíamos confrontarnos con el mal. ¿No es cierto, sin embargo, que a veces queremos pelear contra el mal?

Cada vez que queramos enfrentar al mal perderemos, aunque hayamos dicho que la vez anterior era la última; aunque vayamos con la firme decisión de no caer, seremos vencidos. Satanás es un enemigo poderoso para nosotros, sobre todo cuando nos aventuramos en su «terreno encantado», donde nos rodea con todas sus tentaciones. Por eso la recomendación de huir de estas cosas.

Entonces, el apóstol Pablo nos anima a pelear. Sí, la «batalla de la fe». ¿Qué significa esta declaración? ¿Recuerdas a Jacob la noche anterior a su encuentro con Esaú? No quería enfrentarse a su hermano sin la seguridad de la bendición y protección de Dios. Entonces se retiró a orillas del río y comenzó a pedir a Dios que lo rodeara con su presencia. Sin duda quería estar en paz con el Señor.

Querer orar sí que es una lucha contra nuestra propia experiencia, porque pensamos que ya sabemos hacer frente a nuestros desafíos y nos podemos defender solos. Según nuestras prioridades, siempre estamos muy ocupados. Tendemos a no querer cambiar las decisiones que ya hemos tomado.

« [Cristo] Como vencedor, nos ha dado la ventaja de su victoria, para que, en nuestros esfuerzos por resistir las tentaciones de Satanás podamos unir nuestra debilidad a su fortaleza, nuestra indignidad a sus méritos »

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