Este mensaje es digno de crédito y merece ser aceptado por todos: « Que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los yo soy el primero (1ra. Timoteo 1:15).
Las palabras del texto de hoy son las finales del breve currículo del apóstol Pablo que inicia en el versículo 12, donde agradece a Dios por considerarlo confiable t darle la encomienda como apóstol de Cristo. ¿Qué razones asegura tener para haber ganado la confianza de Jesús de tal modo que lo invitara para semejante tarea privilegiada? Realmente nada para poner orgullosamente en su página de vida: «Perseguidor de cristianos, injurioso, insolente… ¡El primero de los pecadores! ».
A pesar de que el Señor no lo consideró inicialmente como un candidato al discipulados de los doce, sí lo llamó apostolado, como reitera al principio de sus epístolas: « Pablo, apóstol, no por investidura ni mediación humana, sino por Jesucristo y por Dios Padre, que lo levantó de entre los muertos » (Gálatas 1:1; cf. Romanos 1:1; 1Corintios 1:1; 2Corintios 1:1; Efesios 1:1; Colosenses 1:1; etc.)
El camino de Cristo hacia nosotros, según lo declara el apóstol Pablo, pasa por cuatro estaciones:
Reconocer a Cristo como el Dios que se despojó a sí mismo de su divinidad para venir al mundo.
Reconocer que « Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él» (Juan 3:17). Salvar es el supremo acto del amor divino.
Reconocer que no hay pecador tan empedernido que no califique para ser salvado por Cristo. La única manera de no aparecer en la lista de salvados es excluirse uno mismo.
Reconocer nuestra propia debilidad. El cristiano verdadero siempre reconoce que por sí mismo carece de valor. Cuanto más se relaciona con Cristo, menos valioso se siente y más valora el sacrificio de Jesús.
«Por amor de tu alma, por amor de Cristo, quien se dio a sí mismo para salvarte de la ruina, detente en el umbral de tu vida y pesa bien tus responsabilidades, tus oportunidades, tus posibilidades »
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