Yo amo al Señor porque él escucha mi voz suplicante. Por cuanto él inclina a mí su oído, lo invocaré toda mi vida (Salmos 116:1,2).
No hay algo más tranquilizador para nuestra salud emocional y espiritual que recibir la gracia del Espíritu Santo como una respuesta a nuestras grandes necesidades.
Elsy Suhey dice, que cuando se encontraba a punto de terminar un ciclo escolar, los exámenes y las tareas escolares absorbían la mayor parte de su tiempo. Las cosas marchaban muy bien , incluso estaba llena de ilusiones para obtener un promedio elevado en sus estudios profesionales.
Una mañana, sin embargo, sintió algunos malestares en su cuerpo. Pensó que pronto lo superaría. No obstante, después de una semana, el malestar aumentó su intensidad. La joven se llenó de inquietud. Poco a poco sus preocupaciones devinieron en zozobra.
Elsy fue de inmediato a pedir una cita con el médico especialista; pero tardaría una semana en recibirla… ¡Era mucho tiempo! Ella estaba desesperada por averiguar qué le sucedía. Repentinamente pensó en colocar su problema y sus preocupaciones en las manos de Dios. Elsy todavía recuerda aquella oración: « Señor, tú sabes que necesito tranquilizarme. Te ruego encarecidamente que al abrir tu Palabra me ayudes a encontrar textos que me recuerden tus promesas ».
Así fue como se encontró con el versículo que hemos tomado como base de nuestra meditación de hoy. Dios la reconfortó al asegurarle que él inclina su oído para escuchar con atención su voz y súplicas. Elsy llego puntualmente a su cita con el médico. Los resultados de sus exámenes físicos descartaron las sospechas de una enfermedad complicada. Ella hoy testifica gozosamente de la compañía de Dios en los momentos de angustia e incertidumbre.
« Nuestros ejercicios espirituales están de acuerdo con la intensidad de nuestro sentido de esta compañía […] Nos sentiremos muy felices al cultivar un sentido de este gran don que Dios dio a nuestro mundo y nos dio a nosotros personalmente »
No hay comentarios:
Publicar un comentario