jueves, 26 de agosto de 2010

El desafío de una nueva vida

En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas (Gálatas 5:22,23).

Si el Espíritu Santo dirige nuestra vida, este hecho se verá reflejado en el fruto de un carácter y una obra que evidenciarán tal conducción. Lo que naturalmente se produce en la vida cuando está dirigida por el Espíritu Santo se manifestará en un contraste total con las obras de « la carne »; es decir nuestra «naturaleza pecaminosa ».

Somos seres sociales y necesitamos vivir acompañados, pero muchas veces poseemos cualidades de carácter que entorpecen la convivencia con los demás. Es probable que conozcas a algún joven que se aísla del resto de sus compañeros de manera voluntaria. Hay personas con las que nadie quiere convivir porque son impacientes, intolerantes y antisociales, en otras palabras, insoportables. Y es que la naturaleza que nos rige a todos es egoísta, con cualidades contrarias al control de Cristo en nuestras vidas.

El joven cristiano buscará morir con Cristo y resucitar con él a una vida nueva, limpia de vicios indeseables del viejo hombre, para que así se desarrollen los preciosos frutos del Espíritu. Quizá podamos hacernos la pregunta que se hizo Nicodemo: «¿Cómo es posible que esto suceda?» (Juan 3:9).

La única manera es si alimentamos nuestra mente con la lectura atenta de la Biblia cada día y buscamos a Dios en oración constante, pidiéndole que perdone nuestros pecados, confirmándole nuestro deseo de pertenecerle, y rogándole que quebrante el poder con el que Satanás nos ha atado a nuestras malas inclinaciones. Eso significa dedicarnos al Señor de tal manera que el Espíritu Santo pueda transformar nuestros gustos, actitudes y pensamientos para habilitarnos a vivir con él. Es una lucha diaria.

« La fe de Jesús aumentará a medida que se familiaricen más con el Redentor espaciándose en su vida inmaculada y en su infinito amor »

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